Fiestas de pueblo y vino de 3,50€

Hay un momento precioso en toda fiesta de pueblo;  se trata de esa situación en la que en el horizonte observas a una persona a la que, – un año después- tras su última encerrona en las anteriores fiestas, vuelves a no tener  ilusión alguna por saludar.

En ese momento es cuando más conscientes somos de nuestro lado animal y de cómo se dispara nuestra adrenalina buscando salvar nuestras vidas. O al menos salvar 45 minutos de conversación vacía, con un sujeto al que le huele el aliento a vino con precio inferior a 3,50€, y que, debido al volumen de la orquesta, debe acercarse a tu cara mucho si quiere que escuches algo. Es justo mientras piensas en eso cuando sientes que un poder sobrehumano crece en tu interior, como si el patrón o la Virgen de tu pueblo te hubieran dado realmente poderes cuando susurraste:

– Por el amor de Dios, que no me vea.

O quizá sean los efectos del alcohol.

En cualquier caso, algo hace que te sientas superior a cualquier fuerza, tus sentidos se agudizan, eres capaz de hacer cosas que pensabas imposibles hace unos segundos y por un momento te sientes como un superhéroe;  como si fueras un Batman moviéndote entre las sombras de Gotham…

Tu cuerpo comienza a moverse instintivamente, primero evitando un posible contacto visual; después, echas a correr. Pasas por entre la gente que escucha en la plaza a la Orquesta Hojalaparra, intentando mezclarte entre el gentío para pasar inadvertido y darte unos segundos para pensar. Huyes por detrás de un escenario, que te guían a la parte trasera de los puestos de la tómbola y de las patatas fritas y perritos calientes, por los que te escabulles al amparo de la oscuridad.

Quince metros más y tu objetivo se habrá cumplido.

Durante un segundo crees que has vencido pero es entonces, cuando algo en tu plan falla: la relajación permite que haya contacto visual.

Error de marinero de agua dulce.

Tú le has visto, te ha visto a ti y, sobre todo, ha visto que le has visto.

Sin embargo, entra en juego otro superpoder, quizá el mejor de todos: el poder de ser capaz de ignorar a alguien sin el menor pudor. Sigues caminando con disimulo, con la cabeza alta y con aire de dignidad, entre cables y cajas de cartón que los feriantes han apartado en ese lado de la acera por el que no debería estar pasando nadie.  Pero en Gotham los errores se pagan caros. Como si de la berrea se tratase escuchas tu nombre claro y nítido:

  • ¡VÉEEEELIZ!

Te aferras a tu poder de ignorar sin pudor y sigues caminando. Quizá ha dicho feliz.

  • ¡VÉEEEELIZ!

Por un segundo echas mano a tus recuerdos sobre el censo de Vélices en 50km a la redonda. Las cuentas son claras: estás tú, tu hermano, tu padre y tu tía. Maldices en vano tu apellido… quizá si fueras un García o un Pérez hubieras tenido una vía de escape…

  • Ah, ¿me llamaste a mí?… pff es que ay tantos Garcías que nunca pienso en que se dirijan a mí.

 

Game Over.

 

No hay vuelta atrás. Y no hay vuelta atrás no porque hayas cometido errores en tu huida, sino porque las manchas de vino con precio inferior a 3,50€ en tu camiseta te delatan como igual.

En igualdad de condiciones, siempre perdemos.

Claudicas. Aceptas que has perdido y devuelves al niño de 5 años el algodón de azúcar que le habías arrancado de las manos para esconderte detrás en un último y lamentable. Pero un segundo antes de devolvérselo, echas mano de tu repertorio de sonrisas falsas y ojos brillantes para con un saludo nada efusivo –y que te delataría a ojos de una persona sobria-, salir desde detrás del algodón de azúcar y aceptar con deportividad la derrota.

 

  • ¡Anda! ¿Qué tal? No te había visto… tengo que hacerme unas gafas nuevas porque no veo un pimiento con ellas ya.

 

Y esto es lo bonito de las fiestas. Que hace que nos miremos a los ojos, que nos miremos de tú a tú; que nos iguala por lo bajo y democratizan nuestras penurias.

Menos a mí, que yo de verdad que es que no os vi anoche.

 


 

Sergio Véliz

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