Siete años sin estar a la altura

Lo mío no son tanto los aviones de caza como cazar aviones.

 

 

Mi historia en esto de cazar aviones empieza en el año 2016, cuando me di cuenta de que podía atrapar los cazas F-22… Al ser tan ligeros y no pesar demasiado los cogía sin demasiada dificultad. Después de eso vinieron los Sukhoi-25, el MiG-21…

No sé, yo sólo los cogía y los dejaba en sitios donde no molestasen. Entiendo que un mosquito de esos, entre tanta gente, debe ser desagradable para ellos… Y como yo soy grande y fuerte, empecé a dejarlos lejos.

Luego me explicaron que eran una cosa que los humanos de baja estatura llaman aviones y que eran parte de una guerra que tenían entre ellos. Me dio mucha alegría saber que, sin darme cuenta, estaba evitando muertes absurdas. Pero me sorprendió que ellos, lejos de alegrarse, se enfadasen y me acusaran de estar saboteando sus cosas de humanos de baja estatura.

No les entiendo, supongo, porque pese a ser tan alto, no estoy a su altura.

 


Sergio Véliz

“Amor de equinoccios”

 

En días de frío y nieve viene a mi recuerdo –inevitablemente- la bella parábola de “Amor de equinoccios”, la cual dice así:

 

El amor de equinoccios es como el sol y la luna, que no alcanzan a disfrutarse más que unos instantes antes de desaparecer.

Es un idilio platónico al que sólo le dan tregua dos oportunidades al año.

Son dos polos opuestos y equivalentes al mismo tiempo, que se atraen tanto como se repelen.

Es la ola del mar y la orilla, que tan pronto como una besa a la otra se ven obligadas a despedirse y a reencontrarse eternamente,… pero nunca pueden disfrutarse.

Es el desenlace envenenado entre dos almas gemelas separadas por sus antípodas.

Es el querer y no deber de la termorregulación.

El querer y no poder del oficio.

El poder y no deber de quienes persiguen sus sueños.

El amor de equinoccio son dos cuerpos condenados a cruzar sus miradas y regalarse caricias de aeropuerto, antes de alejarse durante la eternidad que duran ciento ochenta y tres días. Separados desde el equinoccio de primavera al equinoccio de otoño, cuando ambos, durante 24 horas, se reencuentran en el ecuador  de su perpetuo castigo.

Es el amor imposible entre un monitor de esquí, que vive de la nieve; y una activista de Femen, que sólo puede manifestarse desnuda en los climas templados que le ofrecen la primera y el verano.

 


Sergio Véliz

La amiga de Arancha

Desconozco el nombre de La amiga de Arancha, por eso la llamaré La amiga de Arancha.

La amiga de Arancha es una mujer de unos 55 a 60 años, con sobrepeso y un timbre de voz que la delata como fumadora. Exfumadora, quizá.

La amiga de Arancha, probablemente sea doctora o enfermera o, al menos, maneja términos y conoce procedimientos relacionados con la medicina.

La amiga de Arancha, tía de Alfonsito – Alfonsito, no Alfonso, pese a que ya no es un niño, es mayor de edad, porque conduce- el domingo a las 11:35 subía en la Línea 184 en Plaza de Castilla con destino El Casar.

La amiga de Arancha llevaba años sin coger ese autobús, así como mucho tiempo sin siquiera visitar la zona de El Casar, Talamanca, Torrelaguna…

La amiga de Arancha toma ese autobús para pasar el día con su hermana. No hace un tiempo excelente, pero, tal y como le dice a su hermana, “lo importante es estar juntas y ver a los niños”.

Sí, La amiga de Arancha avisará a su hermana algunos minutos antes de llegar a la parada, así Alfonsito podrá ir a recogerla. La hermana de La amiga de Arancha tranquiliza a La amiga de Arancha: “está nublado, pero la temperatura es agradable”.

La amiga de Arancha está preocupada, porque lleva chanclas y seguro que llueve.

La amiga de Arancha recibe un Whatsapp de Arancha, quien quiere hablar con ella. Sin embargo, Arancha no sabe que su amiga lleva tiempo sin teléfono fijo (ahora que lo pienso, vaya amiga) y, aunque lo tuviera, estando en el autobús no podría cogérselo.

La amiga de Arancha explica que va a casa de su hermana y que han dejado caer que podría quedarse a cenar, por lo que no sabe hasta qué hora estará fuera.

La amiga de Arancha se preocupa por su amiga, por Arancha
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“¿Qué ocurre?¿pasa algo? Si necesitas cualquier cosa envíame una nota de voz por Whatsapp. O puedes llamarme por Whatsapp, que no cuesta nada. Te llamaría yo… pero es que estoy pendiente de no pasarme la parada de autobús, que hace tiempo que no voy a casa de mi hermana”.

(De verdad, vaya puta mierda de excusa para no llamar a tu amiga)

“¿No sabes cómo se llama por Whatsapp? Es sencillo, cuando te vea te lo explico, ¿pero qué pasa?”

La amiga de Arancha acaba llamado a su amiga, a Arancha, para conocer lo ocurrido y evitar pasar el día preocupada. La amiga de Arancha le pregunta por ella, por si vendrá a Madrid próximamente. Arancha responde con respuestas cortas. Parece que no, que por el momento no vendrá a Madrid. La amiga de Arancha, entonces hace la pregunta clave:

“¿Cómo está tu madre?”

Arancha explica a su amiga, La amiga de Arancha, que su madre no está del todo bien. Tiene algún tipo de herida o úlcera. Por eso Arancha quería hablar con su amiga, con La amiga de Arancha, para que le diera su consejo…
La amiga de Arancha se ofende porque, parece, las enfermeras que están tratando a la madre de su amiga, de Arancha, no son profesionales; son enfermeras que están en verano de refuerzo y sólo piensan en cobrar. No están haciendo curas diarias a su madre y, en personas mayores, ese tipo de úlceras purulentas deben ser limpiadas cada día, para poder deshacerse de “la pus” (utiliza el femenino, en lugar del masculino).

La amiga de Arancha aconseja a Arancha que se ponga seria y, en caso de no recibir una respuesta positiva por parte de los facultativos, que empiece a poner reclamaciones.

Sí, La amiga de Arancha estuvo en Mérida con un amigo que es especialista en castillos y que le enseñó todos los restos arquitectónicos de la zona, porque hasta entonces ella sólo había visitado el museo y el teatro romano.

La amiga de Arancha corta a Arancha, le explica que está a punto de llegar –pese a que faltaban al menos 20 minutos- y que está preocupada, porque está lloviendo a cántaros –pese a que no cae una gota de agua desde hace al menos 6 horas- y lleva chanclas. Se va a poner perdida.

La amiga de Arancha y Arancha se despiden.

La amiga de Arancha, pasados unos minutos se dirige a mí y me pregunta cuánto falta. Le respondo que unos 10 o 15 minutos.

La amiga de Arancha, con esa información, llama a su hermana para avisar de que pronto llegará. La hermana pregunta por su ubicación y ella no lo tiene muy claro, por lo que decido ayudarla e informarla de que acabamos de cruzar Fuente el Saz y así se lo hace saber a su hermana.

El camino continúa en silencio y yo me bajo, pero La amiga de Arancha sigue en el autobús hasta llegar a la última parada, donde Alfonsito la espera.
La amiga de Arancha no tiene fijo, porque ha descubierto el Whatsapp y, sobre todo, las notas de voz. Lo que la amiga de Arancha no ha descubierto todavía son los auriculares y el volumen prudente en lugares públicos.

No seas como la amiga de Arancha. En el transporte público usa auriculares.

Póntelos; pónselos.