“Amor de equinoccios”

 

En días de frío y nieve viene a mi recuerdo –inevitablemente- la bella parábola de “Amor de equinoccios”, la cual dice así:

 

El amor de equinoccios es como el sol y la luna, que no alcanzan a disfrutarse más que unos instantes antes de desaparecer.

Es un idilio platónico al que sólo le dan tregua dos oportunidades al año.

Son dos polos opuestos y equivalentes al mismo tiempo, que se atraen tanto como se repelen.

Es la ola del mar y la orilla, que tan pronto como una besa a la otra se ven obligadas a despedirse y a reencontrarse eternamente,… pero nunca pueden disfrutarse.

Es el desenlace envenenado entre dos almas gemelas separadas por sus antípodas.

Es el querer y no deber de la termorregulación.

El querer y no poder del oficio.

El poder y no deber de quienes persiguen sus sueños.

El amor de equinoccio son dos cuerpos condenados a cruzar sus miradas y regalarse caricias de aeropuerto, antes de alejarse durante la eternidad que duran ciento ochenta y tres días. Separados desde el equinoccio de primavera al equinoccio de otoño, cuando ambos, durante 24 horas, se reencuentran en el ecuador  de su perpetuo castigo.

Es el amor imposible entre un monitor de esquí, que vive de la nieve; y una activista de Femen, que sólo puede manifestarse desnuda en los climas templados que le ofrecen la primera y el verano.

 


Sergio Véliz